Una historia fue emocionante. Su trayectoria empieza en el ejército desde soldado raso, hasta ser comandante general del Ejército Peruano, su vida y su muerte siguen siendo una espina en la memoria histórica del país.
Un viernes de junio en 1981 el comandante general del Ejército, Rafael Hoyos Rubio, llegó a Tumbes. Su visita no era de cortesía. Fiel a su estilo moralizador, bajo el mando del general Juan Velasco Alvarado, había ordenado una inspección rigurosa del material bélico en la zona. Los tanques y equipos lucían impecables a primera vista, pero al ordenar el desplazamiento «ojo al guía», algunos vehículos no respondieron.
Con voz enérgica, fijó plazo: «En 15 días pasaré nuevamente revista». Recordó que la operatividad y mantenimiento estaban presupuestados, y no iba a tolerar negligencias.
No era la primera vez que incomodaba a la cúpula. Desde su llegada a la comandancia, dio de baja a cerca de 50 coroneles y generales por malos manejos del presupuesto. Aquella firmeza le había granjeado enemigos silenciosos, oficiales de diferentes rangos y familias poderosas.
Al día siguiente, sábado, debía viajar a Piura. Su helicóptero aterrizó primero en la base aérea de Castilla. Misteriosamente, según se supo, la nave no tuvo vigilancia la noche anterior. Técnicos de servicio declararon luego que dos oficiales vestidos de civil ingresaron y permanecieron unos quince minutos en el aparato antes de retirarse. El responsable directo de la seguridad, era el coronel Juan Campos Luque.
Ese mismo día, un traslado programado del Estado Mayor incluía al comandante general de la Primera Región Militar, Montoya Montoya, cuñado de Hoyos Rubio, junto a su edecán, el mayor Alfonso Calderón Otoya, pero sin ninguna explicación Calderón Otoya no se presentó.

A las 08:00 hrs, despegaron 17 altos oficiales junto al general Hoyos Rubio. Veinte minutos después, la aeronave desapareció de los radares. Comuneros de la provincia de Sullana declararon haber escuchado una explosión esa mañana.
Sin embargo, el coronel Juan Campos Luque inexplicablemente no inició maniobras de búsqueda y rescate. Pasaron 10 días antes de «encontrar» el helicóptero, con la versión oficial de que había sido un accidente.
Con el tiempo, las movidas y reasignaciones dentro del ámbito militar tomaron rumbos sospechosamente llamativos: el mayor Alfonso Calderón Otoya se convirtió en magistrado del Poder Judicial bajo la influencia del capitán Vladimiro Montesinos; los oficiales dados de baja por corrupción fueron reincorporados.
El coronel Juan Campos Luque fue ascendido (premiado por el sabotaje del helicóptero) y fue enviado como agregado militar a Uruguay, luego años después, durante el gobierno de transición de Valentín Paniagua, llegó a dirigir el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN).
La muerte del general Hoyos Rubio no fue un accidente, sino el asesinato de un militar incómodo. Un hombre cuyo único «pecado» fue amar a su patria, defender la soberanía y exigir transparencia en el manejo de los recursos militares.
Hoy, su nombre se menciona poco en los libros de historia, pero en las memorias de quienes lo conocieron, permanece como símbolo de integridad y consecuencia. Su figura, más que un recuerdo, es un recordatorio de lo que significa poner al Perú por encima de los intereses personales.




